En la cuadra cinco de la avenida Aramburú en Surquillo se encuentra la Escuela de Oficiales de la Policía de Investigaciones del Perú. El Comandante llega puntualmente haciendo gala de su nuevo Volkswagen Escarabajo color blanco. Es 1984. El Comandante es el nuevo Jefe del Departamento Académico. Los cadetes estudian cuatro años para graduarse de Oficiales y su educación es considerada superior. Los Oficiales de la PIP visten de civil. Generalmente se les puede ver en terno. Portan su placa insignia donde se lee el lema “Honor y Lealtad”.
-Voy a la bodega. ¿Le traigo algo mi Comandante? -dijo el Teniente.
-Una coca cola bien helada por favor.
-Se la traigo de inmediato mi Comandante-sube la mano derecha a la altura de la sien en señal de respeto, pero el Comandante ni lo mira. El Teniente Aquiles es un hombre avispado. Siempre lleva una gran sonrisa en el rostro como si nada le preocupara. Tiene poco tiempo trabajando con el Comandante pero le ha agarrado aprecio. Aunque su estadía en la escuela es temporal, siente que puede aprender mucho de él. Aquiles sufrió una lesión estando de servicio en Ayacucho. Ya está sano y listo para trabajar pero deberá esperar a que salga la tan temida lista de cambios.
El calor era intenso. El Comandante se quitó el saco y lo colocó cuidadosamente en su silla. Aprovechó para quitarse también la sobaquera, donde llevaba su viejo revolver. Notó que era hora de comprar una nueva funda. A Sarita, su secretaria le gustaba verlo en camisa y con la sobaquera puesta. Le parecía atractivo. Tengo un jefe tan guapo, le decía en ocasiones con su sonrisa coqueta y feliz. El comandante sonreía poco y se mantenía serio. Sabía que ella era zalamera con todos los hombres y que aquellos coqueteos eran inocentes.
Casi todos en la institución sabían que el vicio del Comandante era la coca cola y los cigarros ducal.
-¿A dónde vas con tanta prisa?-Preguntó Sarita a Aquiles-. ¡Ah! ya sé vas por la coca cola del Comandante-. Aquiles miró los labios rojos intensos de Sarita y trató de imaginársela bonita sin lograrlo.-Tengo que llevar unos documentos del Comandante. Nos vemos más tarde-dijo Sarita guiñándole el ojo.
Aquiles entró en la bodeguita.
-Señora Edith me da dos coca colas heladitas por favor-dijo Aquiles-Ah y también me da cinco rines.
-El Comandante ya no viene.
-Está bien ocupado.
-Dile que venga pues. Atenderlo siempre es un placer.
-Si claro señora Edith yo le daré su mensaje al Comandante-dijo sonriente el Teniente Aquiles, dándose cuenta que el Comandante no sólo atraía a las mujeres de la institución.
Entró en la Oficina y notó que el Comandante acababa de colgar el teléfono. Sin esperar que Aquiles preguntara dijo: las gemelas ya pidieron su regalo de cumpleaños. A este paso tendré que sacar mis ahorros del Banco Popular. El Comandante agarra el papel carbón y lo coloca entre dos hojas bond. Los introduce en el rodillo de la máquina de escribir y gira la perilla para hacerlos cuadrar.
-Bueno- Mira la hora-continuaré después-¿Vamos a almorzar? Hoy te invito un ceviche.
-Gracias mi Comandante-dijo Aquiles feliz-Aquí está su coca cola.
-Llévala para el camino.
El Comandante manejaba sin prisa. Iba callado. En un semáforo aprovechó para beber la coca cola, y en otro para prender un cigarro.
-La señora Edith lo extraña mi Comandante. Nuevamente preguntó por usted.
-La señora Edith-sonríe-debe hacer sido guapa en su juventud.
-Claro. Se nota que ha sido guapetona.
En la cevichería pidieron una fuente de ceviche de pescado. El comandante pidió también una parihuela, su plato favorito, a pesar del calor.
-Lástima que no podemos tomar unas cervecitas mi Comandante-dijo Aquiles.
-Así es, lástima. He dejado de tomar últimamente la verdad. Ya sabes cuáles son mis únicos vicios, creo que toda la institución lo sabe.
-Mi Comandante están diciendo por ahí que van a unificarnos-dijo Aquiles en voz baja como si los otros comensales fueran a escuchar.
-¡Quién está diciendo tremendo disparate! Eso es una utopía de los tombos-el Comandante hablaba en voz baja también.
A Aquiles le parecía gracioso ver al Comandante enojado. Pues la mayor parte del tiempo parecía un hombre apacible.
-Honor y lealtad Aquiles, recuérdalo-dijo el Comandante en tono melancólico. En el fondo sabía que esas boladas cada vez corrían con mayor fuerza y que no estaban del todo fuera de la realidad.
-Claro mi Comandante. Orgulloso de mi institución.
El mozo trajo la parihuela aún hirviendo y la fuente de ceviche.
-Orgullo debes sentir siempre-dijo el Comandante-Cuéntame por qué decidiste ser un detective.
-Es simple. Yo soy del Rímac. En el Rímac o eres ladrón o te vuelves policía, no hay otra. Todos mis tíos son Republicanos mi Comandante. Me joden por ser PIP. Soy como la oveja negra de la familia, entiende-ríe pero el Comandante sigue serio- cuando se enteraron que ingresé a la escuela pensaron que era broma. Me dicen raya, soplón.
-Y usted mi Comandante-preguntó Aquiles sabiendo que se arriesgaba a no obtener respuesta.
-De niño me gustaban las novelas de detectives y espías. Creo que fue eso. La verdad no recuerdo-contestó parcamente el Comandante más interesado en la parihuela que en otra cosa.
Aquiles pensaba cómo un hombre parco podía ser tan carismático a la vez y tener el aprecio de sus compañeros. Era algo innato. El comandante atraía a la gente.
El comandante vertió la coca cola en un vaso.
-Y muchacho, cómo te va con la novia.
-No tengo novia-dijo en tono pensativo. Podría decirse que tengo por seguidoras a las chicas de mi barrio. Aunque sabe mi Comandante yo tengo una teoría. A las mujeres les gusta los hombres con plata. Otra cosa no las impresiona.
- Las conquistarás con tus galones.
-Espero sea pronto. Cambiando de tema mi Comandante, se enteró usted lo que le sucedió a ese pobre anciano que pedía plata, en la esquina de Paseo de la Republica con Aramburú.
-¿Qué pasó con él?-preguntó el Comandante.
-Murió.
-¿Ha muerto? ¿Cuándo?
-Me contaron que cierto día, y de eso ya casi un mes, un auto lo atropelló y murió instantáneamente en medio de la pista. Agonizaba cuando llegó la ambulancia. El Fiscal casi se desmaya y los transeúntes lloraban porque le habían agarrado cariño-dijo Aquiles dándole cierto histrionismo a su relato.
El Comandante echó una carcajada juguetona como si estuviera en medio de una broma.
-Pero mi Comandante es un hecho trágico. No es para reírse.
-Cómo no me voy a reír si veo la cara que has puesto.
-Me entristeció la noticia. Era un pobre anciano inválido.
La sonrisa no abandonaba al Comandante. Aquiles se sentía burlado sin saber por qué.
-¿Cuándo fue que murió exactamente?
-Hace un mes más o menos, según lo que me contaron.
-Entonces ha resucitado porque yo hablé con él hace unos días.
-¿En serio mi Comandante?
-La verdad es que ha decidido retirarse. Así como lo haremos tú y yo algún día, si es que antes no nos dan de baja.
-Comandante cómo es eso que ha decidido retirarse.
-Sí ha hecho su testamento y ha vendido su casa para viajar por el mundo.
Aquiles pensó que el Comandante le jugaba una broma y dijo en tono inocente como para salir de dudas.
-Pero si es un desvalido.
-Sabes desde qué año pide plata. Y con vacaciones incluidas.
-Sigo sin entender-dijo Aquiles esperando una explicación.
-Un día hace más de veinte años yo estudiaba en la Escuela y recuerda Aquiles que soy detective. Un día me detuve a mirarlo. ¿No te enseñaron a observar en la escuela?. Me di cuenta que había algo de farsa en su minusvalía. Lo seguí una noche. Descubrí que vivía en una casa en Miraflores por Inclán. Me quedé cojudo. Ya estaba ahí así que toqué el timbre. Salió y lo encaré. Le dije ¡oye huevón!, devuélveme todo lo que te ha dado en un mes. Me jodía haber sacrificado varias coca cola por darle dinero. Lo peor es que se rió en mi cara. Parecía que no le afectaba nada. Me dijo ¿eres raya no? Si le dije y ni me molesté. Me dijo que yo había hecho una donación y que las donaciones no se devolvían. Sí cojudo, pero tienes más plata que yo, le dije. Volvió a sonreírme y me dijo ¿quieres pasar? Mi esposa ha preparado la cena.
-Comandante, no tuvo usted miedo.
-Un poco, pero estaba armado y soy un as en tiro al blanco.
-¿Y qué sucedió?-preguntó Aquiles.
-Me habló de todo. Mientras más me esmeraba en mostrar mi indignación más agradable se me hacía conversar con él. No era un iletrado como yo pensaba. Sus hijos eran educados y su esposa me pareció encantadora. Casi terminando la velada, me dijo, como si se tratara de una agradable remembranza, que se había quedado sin trabajo. Y empecé a pedir dinero, al principio era temporal, luego me fui acostumbrando y sabe qué. Entendí algo por primera vez en mi vida, esta casa y todo lo que poseo es gracias a la culpa de la gente. Miró mi cara de sorpresa y continuó. Algo malo has hecho ¿no? Me dijo. Seguro te robaste los cigarrillos de algún compañero. Y por eso me diste tus monedas, querías compensar tu culpa. Lo mismo sucede con todos los que me han solventado estos largos años. La culpa es algo con lo que la gente no quiere lidiar. Ahora entiende cadete me dijo. Te he dado una clase que no te la darán en la escuela. Le agradecí la cena y en tono irónico le dije estamos a mano. Usted se tomó mi coca cola y yo me comí su comida. Nuestra culpa está purgada. En ocasiones lo busqué para tomarnos unas cervezas. Es un gran hombre. Me alegro que se haya retirado, ya está viejo.
-Entonces mi Comandante me agarraron de cojudo.
-Tú lo has dicho.
martes, 27 de abril de 2010
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)