domingo, 7 de marzo de 2010

La Rosa que no conocía

Ese día fui a la Universidad para revisar unos expedientes. Soy egresada y la señora encargada me los presta con el pase que me dan en la entrada. Los leo tranquilamente para decidir cuál llevaré. Este año sacaré mi título de abogada y debo escoger un buen expediente. Ninguno me ha convencido. Es sábado y sólo atienden hasta el mediodía. Los devuelvo y salgo sin prisa. Entrego mi pase y me dan mi documento de identidad. Corro para alcanzar una combi. Si se me pasa deberé esperar mucho hasta que venga otra. Guardo el documento en la cartera sin mirarlo. A medio camino el cobrador me dice ¡pasaje, pasaje!. Saco mi billetera y me doy cuenta que mi documento está dando vueltas y puede perderse. Decido guardarlo en la billetera. Y qué estoy viendo. Me han dado otro D.N.I. a mí que suelo ser tan cuidadosa. Bueno, me bajaré en el próximo paradero y tomaré la combi de regreso a la Universidad.

La universidad está cerrada, pero en la caseta de vigilancia hay tres agentes, dos hombres y una mujer. A ella le entregué mi documento y me dio el de otra persona. Un error lo comete cualquiera. Me siento incómoda pero llego sonriente con la seguridad de solucionar este percance.

-Buenas tardes-Saco el documento de mi cartera y se lo muestro-Señorita este documento no es mío, me ha dado el de otra persona.
Lo mira y me mira. Parece que me dará la razón.
-Este es su documento-se queda callada un segundo y repite-Este es su documento.
Esta mujer se está burlando de mí pensé. Es difícil para ella reconocer que se equivocó delante de sus compañeros.
-No señorita-le digo de manera educada-Yo no soy Rosa Dávila.
Ella ni se inmuta. Más bien me mira como si fuera una orate. Con ella no lograré un buen entendimiento. El otro hombre me ignora y el que parece más joven me sonríe.
-Joven-me acerco a él-Ésta señorita no soy yo-le digo segurísima que me dará la razón y le alcanzo el documento.
-Sí es usted-dice y se pone serio.
Esta situación me empieza a desesperar, pero guardo la calma.
-Joven fíjese bien por favor-le digo casi en tono de súplica.
Acerca sus ojos a mi cara y examina mi rostro al detalle. Le sonrío y ahora sí me dará la razón.
-Es usted señorita-me dice con firmeza.
Paso saliva. Tomo aire y miro la foto con detenimiento. Me percato que esta mujer se parece a mí. Es cierto. Pero no soy yo. ¡Imposible!. Cómo los convenzo. Regreso con la señorita.
-Señorita. Usted debe haber entregado por error mi documento a Rosa Dávila. Trate de recordarla.
-No me puedo haber equivocado porque el día de hoy la única visita que entró fue usted-se acerca y me muestra el cuaderno donde aparece el nombre: Rosa Dávila. Pasa el dedito por el nombre y me dice: Mire.
El cuaderno dice la hora en que yo entré diez de la mañana y la hora que salí doce y cinco del mediodía. Claramente dice Rosa Dávila.
-¡Cómo es posible!-les digo con cara angustiada-Quiero hablar con el supervisor.
El otro vigilante que me había ignorado hasta ese momento me dice: “Viene mañana”.
-Esto tiene que aclararse-digo alzando la voz -¡Exijo una explicación!. ¡Me voy a quejar!. ¡Esto es un maltrato!-Mis palabras no lograban intimidarlos. Me siento frustrada, incomprendida. Debo parecerles una tonta que habla sin sentido. Pero qué hago. Estoy perdiendo mi tiempo.
-Señorita, usted puede venir mañana si desea y hablar con el supervisor- dice el hombre joven como queriendo librarse de mí.
-Qué me va a solucionar él. Yo hablaré con las autoridades de la Universidad.
Pensaba cómo estas personas tratan de convencerme que yo no soy yo y hago mi último intento por hacer entrar en razón a la señorita.
-Señorita. Pudo haber pasado que usted haya olvidado anotar mi ingreso y que…
-La única visita que ha entrado es usted-dice cortándome.
Cuando venga la tal Rosa Dávila a reclamar su documento. Éstos se van a arrepentir de haberme tratado como si estuviera loca.
-Ahora qué hago yo con un documento que no me pertenece. Estoy segura que la señorita Rosa Dávila estará tan indignada como yo-finalizo pero ellos ya ni me miran.

Me voy resignada. Les debo parecer una maleducada porque ni me despido. Estoy rumbo a mi casa y pienso que el lunes se solucionará todo cuando la tal Rosa Dávila devuelva mi documento. A estas horas ya debe haberse dado cuenta que se llevó el mío. Si yo fui descuidada, ella también. Ya nos parecemos en algo. Me río sola. Y cuando les cuente a mis padres ellos también lo harán. Saco el documento y miro la foto. Se parece a mi esta mujer por eso se han confundido. Tenemos casi la misma edad. Dicen que todos tenemos un doble, quizás ella es mi doble. Ojalá pueda conocerla y ver si se parece tanto a mí. Lo que por un momento me había ofuscado ahora me daba risa. Cómo se han atrevido a cuestionar mi identidad. Mis padres jamás me hubiesen puesto ese nombre. A mi me gusta el mío y no Rosa. Qué feo nombre. Me río de nuevo.

Llego por fin a mi casa. El camino es largo y estoy exhausta. Encuentro a mis padres en la sala. Están mirando televisión. Mi madre me pregunta si ya almorcé. Le digo no. Me sirve el almuerzo. Y deciden acompañarme.
Empiezo a contarles lo que para mí se había convertido en una historia graciosa.
-Me han dado el documento de otra mujer. Y los vigilantes creen que esa mujer soy yo. Y hasta me han mirado mal como si estuviera loca.
Mis padres sonrieron. “Todo tiene solución”, dice mi padre dándome aliento, y yo sigo comiendo feliz porque tengo mucha hambre. Luego de unos minutos mi madre me dice como recordando algo.
-Ah hijita, me olvidaba-trae algo en la mano-te llegó esta carta.
-¿Quién me la enviará?-digo en voz alta.
-Es de tu mejor amiga Verónica.
-¿Verónica?-pero yo no conozco a ninguna Verónica pienso.
Abro el sobre y la carta comienza con un efusivo “QUERIDA ROSA”, escrito con plumón fucsia y en mayúscula.
-A propósito hijita-dice mi padre-Cómo se llamaba la mujer por la que te confundieron.

1 comentario: